“Mientras la Virgen quiera, vendré todos los años”, Rosi Salas Fernández

  • By María De León Guerrero
  • 3 julio, 2019
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20190622_170230Mi especial aventura como yo la llamo, empieza así…

Yo soy de un pueblo de la provincia de Alicante llamado Benidorm y llevo desde los 18 años ejerciendo como auxiliar de enfermería, tanto en residencia de ancianos como en hospital.

Todo empezó, gracias a una persona que había oído hablar de este voluntariado de Lourdes y me planteó la idea de ir porque sabía que me iba a gustar e iba a disfrutar mucho de ello al ver mi vocación por mi trabajo. Yo, seguidamente al escuchar a esta persona, le dije que me era imposible ir a Lourdes, por temas personales, obligaciones en casa, mis hijas, mis padres delicados de salud, el trabajo…. En fin, una serie de cosas que se me acumulaban y era impensable ausentarme cinco días porque en casa me necesitaban.

Pasó una semana escasa, cuando un día trabajando en el hospital, recuerdo que estaba afeitando a un abuelito muy entrañable para mí, llamado Saturnino, imposible de olvidar con sus 100 años recién cumplidos, mientras una compañera nueva del servicio de limpieza le limpiaba la habitación, escuchaba mi amena conversación con Saturnino. Pues bien, cuando termino de asearlo y afeitarlo, me dispongo a salir de la habitación para seguir con mi trabajo, cuando de pronto oigo a la compañera de la limpieza que me llamaba diciéndome: “¿Perdona, te puedo hacer una pregunta?”. Yo le contesté: “Claro que sí mujer…. Dime”. Ella con cara de no saber si me gustaría o no su pregunta me dice: “¿A ti no te gustaría ir a Lourdes a ayudar a los enfermos?”. Qué cara se me quedaría de asombro que me dijo: “¡Tranquila mujer, que es una experiencia muy bonita!”. Yo seguidamente le contesté: “No, tranquila, no pasa nada, solo que me asombra, porque en apenas una semana, me han nombrado a la Virgen de Lourdes dos veces y eso me llama mucho la atención”. Ella me sonrió y me dijo: “¡Anímate, que te gustará!”

A partir de ese día, mi cabeza no paraba de dar vueltas y vueltas… Me preguntaba: “¿Será una señal? ¿De verdad tendré que ir a ver a la Virgen de Lourdes y realizar ese voluntariado?”. Me hacía un sinfín de preguntas para las cuales no tenía respuesta alguna. Pasaron los días y más pensaba en aquella idea de ir a ese voluntariado.

Muy entusiasmada lo comenté en casa y la verdad es que mucho apoyo no tuve, por el hecho de salir sola cinco días y sin conocer a nadie…. por mis hijas… por el cuidado de mis padres… 14 horas en autobús sola… y también por haber visitado Lourdes con mis padres cuando solo tenía 8 años y recordar un ambiente triste, por el hecho de ver gente enferma que quizá por mi ignorancia en mi infancia, también tenía miedo de ir a recordar esa sensación de tristeza… pero pensé que a mis 40 años recién cumplidos… para mi esa especial aventura, era un regalo del cielo y la tenía que cumplir. Así que me pregunté: “¿Por qué no? ¿Qué tengo que perder?”. Y yo sola me contestaba: “Si no me gusta la experiencia, con no volver es suficiente”. Así que ni corta, ni perezosa investigué el número de teléfono de la que ahora es mi Hospitalidad, la Hospitalidad Murciana de Lourdes, de la cual me siento súper orgullosa y de todo el equipo que la forma. Pues bien, me puse teléfono en mano y llamé. Nunca olvidaré a la persona que respondió a mi llamada, Jose, que decir de él, todo cariño y dulzura. Tal fue así, que toda la información que recibí y el inmejorable trato que tuvo conmigo y sin ponerle cara, me animó aún más si cabe a realizar este voluntariado. Así que cogí un día libre en mi trabajo y decidí ir a visitar la Hospitalidad.

Recuerdo que aquel viaje a Murcia se me hizo interminable, todo por saber cómo me iba a ir y finalmente cual iba a ser mi decisión. Pues bien, llegué y la sensación que sentí al entrar a la Hospitalidad fue increíble… el recibimiento, el trato y el cariño que recibí de todos los que allí estaban ya me enganchó. Me enganchó de tal manera que salí de allí con uniformes, con inscripción hecha y con una ilusión y sensación tan bonita que es muy difícil de explicar. Sí, decidí embarcarme en esa especial aventura sola, sin conocer a nadie y dejándome llevar por la Virgen de Lourdes.

Días antes de la peregrinación, me puse en contacto con el delegado de Ulea, el pueblecito de donde iba a salir, él me informó también de todo, hora de salida y me ayudó mucho junto a su señora, a la hora de coger el autobús, sitio y demás. Muy agradecida también a ellos.

Por fin llegó el día de comenzar esa especial aventura, como no, hecha un manojo de nervios. Recuerdo que dejé esa madrugada mi coche en Ulea, a las 4 de la madrugada, allí estaba como un clavo, sola, con la única compañía de mi maleta, que ahí sí que tengo que reconocer, que empecé a asustarme e intentar asimilar en qué lío me había metido yo solita. Al rato de estar allí, en la oscuridad de la noche, empecé a escuchar voces que se acercaban a la parada del autobús. Mis nervios ya iban tranquilizándose un poco, llegaron dos señoras que iban de peregrinas, un sacerdote y el delegado de Ulea con su señora, todos muy atentos en todo momento conmigo, pero reconozco que en ese momento pensé. “Virgencica, ¿dónde me has metido?”.

He de decir, que desde el momento que puse el pie en el autobús, ya tenía la sensación de que tenía que volver sin haber vivido aún nada de esa especial aventura. El viaje fue cansado pero muy agradable, todas las personas que iban en ese autobús me cuidaron desde el minuto en que supieron que iba sola y que no era de Murcia, sin que me faltara de nada, aunque tengo que decir, que, a las dos horas de estar en el autobús, ya me consideraba una murcianica más. Me ofrecieron desde una simple galletica hasta un pastelico de carne, en definitiva, como si me conocieran de toda la vida, no tengo palabras de agradecimiento.

Pasaron las horas y llegué a Lourdes, cargada de nervios, ilusión, emoción…. En fin, ansiosa por vivir esa maravillosa experiencia. Viví días inolvidables, llenos de amor, cariño, besos y abrazos sinceros de los de verdad, de los que se te llenan el alma con solo apretar a la otra persona, de esos que jamás se olvidan. Recuerdo que cuando estaba allí y llamaba a mi madre –la pobre preocupada y asustada por mí por el hecho de ir sola y tan lejos– me preguntaba: “¿Estás bien? ¿Qué tal te va? ¿Te gusta? ¿Estás contenta? ¿Volverías?”. Recuerdo que apenas me dejaba contestar y que con una gran sonrisa le decía: “Mamá, estate tranquila, que mientras la Virgen quiera y pueda, vendré todos los años, porque, aparte de que ayudo a los enfermos y hago lo que me apasiona, aquí la gente me cuida como una hija, nieta, sobrina, hermana, así que no te preocupes y estate tranquila que no puedo estar mejor, ¡estoy feliz!”.

Tengo que decir que lo que yo sentí en Lourdes por primera vez es algo que jamás olvidaré y siempre llevaré en mi corazón. Recuerdo que lloré muchísimo cuando vi a nuestra Virgencica, porque no me podía creer que estuviera allí y más haciendo lo que me gusta, cuidar a gente que lo necesita. Recuerdo a una enferma, Chari, todo un amor, que mientras hacia mi servicio de acompañamiento se me caían las lágrimas y ella al verme, me las secaba con sus manos diciéndome: “No llores bonica, ¡que te pones muy fea!”. En ese mismo momento empecé a sonreír y fue increíble la sensación que tuve, cómo podía ser que a la misma vez que lloraba pudiera estar sonriendo, pero de felicidad.

Al igual que mi experiencia al bañarme en las piscinas y salir llorando sin consuelo por lo que sentí allí dentro, en esa agua helada que es una bendición y encontrarme a mi compañero José Javier, que apenas sin conocerme, me dio tal fuerte abrazo… porque sin decirle nada, él ya sabía que yo ese abrazo lo necesitaba, eso para mí…. No tiene precio.

Y así es Lourdes, un trocito de cielo como yo le llamo, en el cual pasan cosas inexplicables, las cuales, por mucho que cuentes, la gente no las entiende y no se las cree, por eso yo animo a la gente que hay que vivirlo.

Así fue mi primer año en Lourdes, una especial aventura como yo la llamo, mi especial aventura, llena de anécdotas preciosas, porque cada peregrinación es distinta y cada año en Lourdes es una experiencia diferente y yo me preguntaba una y otra vez: “¿Esto me está pasando a mí?”. Quiero decir que siempre estaré agradecida de por vida y de corazón a esa persona que me animó a vivir este voluntariado, la que me planteó la idea de ir como hospitalaria a Lourdes, pasando por esa compañera de la limpieza, a mis padres y familia, que sin querer me dieron el empujón que me faltaba para empezar esta preciosa aventura. También a todos los compañeros hospitalarios, responsables de servicios, enfermos y, como no, a mis compañeras del alma de Archena y Ceutí, las que hacen que cada año sea más especial si cabe mi voluntariado y a las que quiero con locura, por todo lo que me dan, porque no me sueltan de la mano y me consideran como una murcianica más. A todos los que, desde que me vieron con mi punto rojo, me ayudaron con tanto cariño para que me sintiera querida y como una más.

En definitiva, este ya ha sido mi quinto año realizando mi voluntariado en Lourdes y he vivido por primera vez la experiencia de salir en la procesión del Santísimo de Manola y para mí ha sido otro regalo más de los muchos que pasan aquí. El año pasado, en mi cuarto año recibí la medalla de plata, de la cual siento mucho orgullo, al igual que la de bronce que me entregaron en mi segundo año, porque para mí, como he dicho, esto ha sido un regalo caído del cielo, del cual me siento la persona más feliz y afortunada del mundo, por mi satisfacción tanto a nivel personal como profesional y sobre todo por pertenecer a esta gran Hospitalidad y realizar la labor tan bonita que hago junto a todos mis compañeros.

Debo decir que en mis 18 años ejerciendo esta profesión, hasta que no he venido a Lourdes, no he sabido el nivel tan alto de vocación que tenía y eso me enorgullece aún más si cabe.

Gracias, Virgen de Lourdes, una vez más por hacer posible este sueño y por poner a personas tan maravillosas en mi camino, por todo y por tanto como me das, no solo con cada peregrinación, sino el resto de los 360 días del año. Virgencica, porque por muchos años más pueda estar contigo, por ponerme en tus manos, para dar, amar, servir y olvidarme. ¡Yo soy hospitalidad!

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