¿Qué quieres hoy de mí, Señor?: Reinar desde la Cruz

Hola Hospitalarios:

Os traemos la reflexión semanal del Consiliario D. Luis Emilio Pascual para poder disponernos lo mejor posible para las lecturas de este domingo, festividad de Cristo Rey. Os dejamos con ello:

Hoy celebraremos la Solemnidad de Cristo Rey, y ésta nos invita a una reflexión profunda sobre los criterios de poder y dominio de nuestra sociedad.

Ya la primera lectura nos desconcierta: la unción de David como Rey de Israel, el joven pastor que Dios había elegido como jefe y guía de su pueblo ante la sorpresa de todos, empezando por su padre y el propio profeta Samuel. Pablo, en el bellísimo himno con que inicia la carta a los Colosenses, presenta a Cristo como Camino, Luz, Imagen visible de Dios invisible, Palabra, Verdad…, y nos indica la contraposición entre los dos mundos, el de las tinieblas y el de la luz, el del reino del pecado y el del reino del amor y la vida. A este segundo debemos aspirar y en él debemos buscar permanecer. Pero no es fácil entenderlo y menos vivirlo, porque choca con la mentalidad humana de poder, dominio, sumisión, tiranía…

El Reino de Jesucristo implica una dinámica nueva: caminar en la luz obrando el bien y la verdad; caminar hacia la paz, la justicia y la fraternidad. Cristo, que “hizo la paz por la sangre de su cruz”, hace presente un reino construido -o mejor, reconstruido- sobre la reconciliación, el dolor, el sufrimiento y la muerte, su propia muerte. La tablilla que, por los siglos, identificará la cruz de Cristo -el INRI– es el paradigma de todas las burlas hirientes que pudiéramos imaginar. ¡Reinar en la cruz parece un sarcasmo! Sobre la cabeza coronada de espinas, sobre un cuerpo cosido con clavos al madero, se lanza al mundo un grito, para que se enteren lenguas y razas: “Este es el Rey de los judíos”. Y, por extraño que parezca a un mundo que siempre irá en otra dirección, éste es el camino de la vida y de la felicidad que ha mostrado Dios.

Si, por un día, tuviéramos el señorío del mundo, seguro que lo transformábamos por completo. ¿Para qué la cruz y el sufrimiento?, ¿por qué el pecado y la maldad en los hombres? Seguro que, en aras de nuestra libertad, nos cargábamos la libertad de la que Dios dotó al hombre -su posibilidad de errar, de equivocarse-, y haríamos de todos (de los otros, claro) marionetas programadas.

La cruz -escándalo y necedad, hoy como ayer- muestra la grandiosidad de un Dios todopoderoso, en la realidad de un crucificado, de un machacado. ¿Es que Dios no puede evitarlo? ¿Es un sádico?… ¿No será, más bien, que “mis caminos no son vuestros caminos…”? Porque “en Él estaba Dios reconciliando a todos los seres, del cielo y de la tierra…”. Un pequeño botón de muestra puede ser ese “Hoy estarás conmigo en el paraíso”, dirigido a un ladrón confeso que simplemente suplicaba un recuerdo, una intercesión.

Desde el Bautismo somos “reyes”, y “sacerdotes y profetas”. Busquemos reinar “a lo Dios”, dejemos que Él -Jesucristo- sea nuestro Rey, y supliquémosle, de verdad, convencidos y menesterosos “Venga a nosotros tu Reino, Señor”.

 

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